Durante los comienzos de la época colonial, Felipe II manifestó la obligación de ejercer la práctica odontológica a médicos reconocidos aprobados por la Corona, pero éstos escaseaban.
Ante la gran demanda de tratamiento, muchos bizmadores y barberos cubrían la ausencia como buenamente podían. Estos últimos solían encargarse de los trabajos más “simples” aunque no carentes de gran dolor, como la extracción de muelas o la eliminación de caries, que en aquellos años solía hacerse aplicando un hierro candente sobre las mismas.
Algunos herreros se especializaron en el uso del hierro candente para la cauterización de la picadura, el posterior empaste con plomo candente y la extracción con tenazas y/o yunque y martillo (me da repelús solo de pensarlo). Si la dentadura no tenía remedio, partían todos los dientes a la altura de la raíz con un cortafrío, para después reconstruir la dentadura con marfil o alguien que vendiese los suyos propios.
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| Rufino Malo, dentista |
Con el tiempo la profesión odontológica comenzó a separarse de la medicina general y a beneficiarse de los avances científicos que iban sucediéndose. La invención del microscopio o la publicación de diversos tratados sobre la práctica de la odontología ayudaron mucho al respecto.
A mediados del siglo XIX comenzaron a llegar a Bogotá expertos extranjeros que con sus novedosas técnicas aliviaron los problemas dentales de una manera menos dolorosa y más eficaz. El colegio dental, antiguamente situado en la carrera 7, muy cerca de la plaza Santander, también contribuyó a la mejora de la salud dental de los bogotanos.

