La semana pasada fuimos a visitar la pagoda del perfume. Un amigo español nos invitó a acompañarle con unos amables vietnamitas que lo organizaron todo (traslados, transporte, comida, etc).
El complejo de pagodas está a unas 2 horas en coche y a una hora navegando en barca. Después de hacer todo ese recorrido tienes 2 opciones: andar hasta la pagoda principal (un palizón de más de 2 horas) o ir en una especie de teleférico. Antes de llegar paramos a comer y nos dimos un festín de pato en un restaurante típico vietnamita. Una gozada de comida. Si hubiera sabido que en dos horas tocaba la merienda, no habría comido tanto 😉
Llegamos al pueblo desde el que hay que coger el barco y tomamos dos (4 o 5 personas en cada uno). En el nuestro remaba un niño, que se tuvo que dar una paliza a remar de más de una hora de ida, y lo mismo de vuelta.
Los paisajes son increíbles, como salidos de una película. Al ser un bote sin motor se escuchan los sonidos de la naturaleza, los pájaros, el agua… un respiro de la ruidosa Hanoi. Las vietnamitas con las que fuimos rezaban en los templos, aunque cuando les preguntamos si eran budistas, contestaron «no específicamente». Parece que se sienten libres de religión, lo que significa que las siguen todas y ninguna. Se movían como pedro por su casa, encendiendo incienso, dejando ofrendas, rezando y tocando algún gong que otro. Bastante interesante de observar.
Al llegar a la pagoda nos dimos cuenta de que el teleférico estaba en revisión ese día y no teníamos suficiente tiempo de luz natural para subir andando a ver las vistas desde la cima de la montaña. Así que vimos un par de pagodas y a zampar de nuevo. Es más ¡nos sentamos al lado de una pagoda a merendar!. Los vietnamitas habían traído de todo: salchichas, jamón, bacon, queso, mantequilla, pan, paté… pocas veces he visto un picnic tan bien montado.
En el bote de vuelta se nos hizo de noche, lo cual lo hizo mucho más emocionante. Y así pasó nuestro día, pensábamos que íbamos a terminar agotados de tanto andar y terminamos agotados de tanto comer. Aunque fue una gran experiencia, los vietnamitas son muy simpáticos y es muy interesante conocer aspectos de su cultura más de cerca.



